Carta a los misioneros de la Campaña de la Virgen Peregrina


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Buenos Aires,   febrero 2013

Queridos hermanos/as de la Campaña,

Comienzo estas líneas con sentimientos de gratitud por el gesto valiente del Sto. Padre, que descubre en la “voz del ser” (su fragilidad) y en la “voz del alma” (la certeza interior) la voluntad del Dios y da un paso al costado para seguir luchando desde otra trinchera: la de la oración y la entrega interior..

El motivo de esta carta es compartir con ustedes unas motivaciones para vivir mejor el tiempo de cuaresma de este año.

Es probable que la palabra “cuaresma” despierte sensaciones muy distintas a las de “adviento” o “pascua”. Se nos ha insistido -casi unilateralmente- en que lo importante de este tiempo es la renuncia, el ayuno, la abstinencia de carne, la mortificación de los sentidos, y las oraciones tristes y dolorosas.

Sin negar los “misterios de dolor”, que recordamos especialmente en la cuaresma, y sin negar la importancia de ciertas devociones como el rezo del via crucis, quisiera mirar con ustedes esta cuaresma, desde una perspectiva diferente: la del encuentro, el amor y la misión.

1. El sentido de cuaresma es el encuentro con Dios, que nos quiere tanto, que nos envía a su Hijo por amor.

Somos caminantes y peregrinos. La razón de esta búsqueda es la experiencia cotidiana de limitaciones: físicas, psíquicas, espirituales y religiosas. Más allá de estos condicionantes, hay un anhelo ancestral e irrenunciable: la búsqueda de alguien que nos quiera en serio, sin “pero ni empero”, irrestrictamente, con nuestras luces y sombras, luchas, neurosis y locuras. Alguien para quien yo sea lo más importante.

Ninguna persona humana puede saciar totalmente esta hambre. No lo puede hacer, porque también está condicionada por sus necesidades y límites; imposibilitada a amar en absoluta libertad y desinterés.

Esta búsqueda del hombre se combina con el deseo de Dios de encontrarnos. Es el abrazo y beso del Padre al hijo -a cada uno de nosotros- que puede llenar este anhelo existencial. El encuentro se da en Jesucristo: él es el regalo incondicional. Y el momento donde este amor se hace luz y signo es en la cruz y su resurrección. Los teólogos llaman a esta verdad -pasión muerte y resurrección de Cristo- el “misterio pascual”.

La cuaresma, estos 40 días, es un tiempo para recabar en la búsqueda y hallazgo, en este amor que se hace pleno en la Cruz y en la Pascua. La mejor forma de vivirla es preocuparse de hallar cada día un signo de amor de Dios y agradecerlo. Este descubrimiento nos vuelve al Padre: es la “metanoia”, palabra griega que se utiliza mucho y significa “retorno”. Es volver al amor de Dios que en Cristo y en María, nos cura las heridas, suaviza los dolores, nos acompaña en las noches de insomnio, seca las lágrimas de la incomprensión y el desengaño.

2. La cuaresma nos regala la conciencia de que no hay amor sin renuncia ni sacrificio.

“No hay mayor amor, que dar la vida”, cantamos con emoción en nuestra liturgia. El texto evoca a Juan 15,13, que todos conocemos. Es fácil decirlo, ¡cuán difícil es vivirlo! Pero es una experiencia cotidiana que quien ama, está dispuesto a sacrificarse por la persona que ama. De lo contrario, no hay amor sino egoísmo: es un lobo vestido de cabrito.

La cuaresma es tiempo de expresarle a Dios nuestro amor, que es renuncia a lo que deshonra su amor. Lo que puede manchar la alegría del amado son las dimensiones oscuras de nuestra vida: pequeñas adicciones, egoísmos constantes, incapacidad de mirar la viga propia para criticar la paja ajena, deshonestidades en la vida sexual, excesos en la comida o la bebida… Quién ama, está dispuesto a proporcionar alegría al ser amado y por tanto a renunciar a aquello que le causa desengaño.

La cuaresma es tiempo de purificación y lucha. Es vencer, como Jesús, las tentaciones del desierto. Es un espacio ideal para mirarnos hacia dentro y -sin engaños- reconocer lo mucho que hay por cincelar. A esta luz es bueno tomar uno u otro propósito para superar algo que nos esclaviza o hace dependiente. Es la audacia y la sinceridad en la cuaresma y que, como toda verdad, nos hace libres.

3. La cuaresma es un tiempo ideal para misionar con María.

No basta con golpearse el pecho y descubrir nuestras miserias. Es preciso salir a sembrar esperanza. Porque Jesús se entregó en la cruz y en la mañana de la Pascua fue rescatado de la muerte, tiene urgencia la proclama de la buena nueva de la gracia y la alegría.

La Campaña del Rosario nace del corazón de la noche, de aquél viernes trágico y santo: “He ahí a tu hijo… he ahí a tu madre”. Si Juan y María no hubieran estado en el Gólgota, nosotros no tendríamos razón para llevarla a lugares recónditos como signo de luz, de vida y redención:

“Concededme entregar a los pueblos, como el signo de redención, tu cruz, Jesucristo, y tu imagen, María.

 

¡Que jamás nadie separe lo uno de lo otro, pues es su plan  de amor el Padre los concibió como unidad! (H.P. nr. 332).

La cuaresma es el tiempo para llevar la Cruz y la imagen de María. Como en la “cruz de la unidad”: la Campaña del Rosario quiere ayudarle a la Madre a sostener el cáliz de la sangre que redime. La cuaresma es tiempo de apostolado y no sólo de purificación: es el lenguaje de la misericordia: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

Cada vez que en esta cuaresma llevamos la peregrina, sabremos que estamos actualizando el “misterio pascual”. ¿Qué otra cosa es propiamente la noche sino el anticipo del día, el invierno el grito por la primavera y la cruz el signo de que alguien la venció ya para siempre?

Les deseo una cuaresma bendecida y un tiempo de Pascua pleno de la alegría, la paz, la esperanza y la vida de la mañana de la Resurrección.

P. Guillermo Carmona